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White Island. En la boca de un volcán

Whakatane, ese era mi nuevo destino. Un pueblo en la costa oeste de Nueva Zelanda. La ciudad con más horas de sol de Nueva Zelanda. Un lugar conocido por su proximidad al único volcán marino en activo de Nueva Zelanda, la White Island o Whakaari en maorí, que significa la que se puede hacer más visible, quizás porque desde la costa de Whakatane, a 49 km,  la isla suele estar escondida entre la bruma y las nubes, pudiéndola ver solamente los días más claros. A ella se puede llegar en barco, con la compañía White Island Tours, en uno de sus barcos Pee Jai, por un precio un poco caro (199$), que incluye viaje de ida y vuelta, tour guiado en la White Island y picnic. Si se tiene barco propio solo es posible desembarcar en la White Island con un permiso previo. La isla pertenece a John Buttle y está administrada como reserva natural por el Departamento de Conservación de Nueva Zelanda. También es posible visitarla en helicóptero, un viaje mucho más lujoso que el barco (550$-775$).

White Island desde el barco

White Island desde el barco

Traslado en lancha hasta la costa de la isla

Traslado en lancha hasta la costa de la isla

Camino que lleva al centro de la White Island

Camino que lleva al centro de la White Island

Por supuesto visité la White Island en el Pee Jai. Un viaje de dos horas y media tremendamente agitado. Nada más zarpar las olas golpeaban la cubierta y los cristales del pequeño barco. El continuo y molesto movimiento no cesó hasta que llegamos al destino. Muchos tuvimos que recurrir a una “bolsita de mareo” de las que repartía la tripulación. Finalmente llegamos al destino y nos equiparon de un casco y una máscara anti-gas. Una lancha nos acercó hasta la costa de la isla. En ese momento me di cuenta de lo que tenía ante mí. Era una tierra inhóspita, humeaba por todas partes, nubes provocadas por el ácido sulfúrico cubrían el cielo de la isla. El olor desagradable de este mineral empezaba a notarse a medida que nos adentrábamos hacia el centro de la isla.

Pequeña piscina de barro

Pequeña piscina de barro

Vista desde el centro hacia el exterior

Vista desde el centro hacia el exterior

El ácido sulfúrico emana del suelo de la isla

El ácido sulfúrico emana del suelo de la isla

El terreno de la White Island es rocoso, de piedras producto de erupciones anteriores. Los colores varían según el día en que se visite, pero el gris, el amarillo, el verde y el rojo oscuro son los grandes protagonistas. El ácido sulfúrico produce estos colores. El tour guiado dura unas 2 horas y cubre toda el área de actividad geotermal accesible. Según Emily, la guía, el paisaje es muy variable, “hoy pueden verse montículos de rocas aquí y quizás mañana cuando vuelva ya no existan a causa de alguna pequeña erupción durante la noche”. El paisaje está repleto de ríos que hierven por la temperatura del agua que recorre en ellos, aguas con niveles tan altos en ácido que es imposible beberla, piscinas de barro, zonas donde es imposible ver más allá de tus propios pies por la gran nube de sulfuro que surge de la tierra… y es en este momento que das gracias a la máscara de gas y al caramelo que te han ofrecido para la tos. Los guías no paran de estar atentos de los visitantes, al llegar al borde del lago del gran cráter nos avisan de que si cayéramos sería imposible salir de él. La experiencia de estar recorriendo un volcán tan en activo es tan comparable a nivel natural como ponerse delante de un león en medio de la sabana africana.

Gran lago formado en el centro del cráter de donde sale continuamente vapor

Gran lago formado en el centro del cráter de donde sale continuamente vapor

Vista de la isla desde un montículo formado por el volcán

Vista de la isla desde un montículo formado por el volcán

Agua hirviendo de uno de los riachuelos de la White Island

Agua hirviendo de uno de los riachuelos de la White Island

Para acabar la visita pasamos por los restos de la fábrica minera que albergaba maquinaria oxidada de principios del siglo pasado. En 1933 la mina cerró a causa de la Gran Depresión. Caminando de vuelta al barco y acompañada de una pareja de franceses nos dimos cuenta de los altos niveles de sulfuro a los que estábamos expuestos, mi pulsera de metal plateado se volvió dorada, y las anillas metálicas de las botas de los franceses también sufrieron un repentino cambio de color.

El vapor no cesa ni un segundo

El vapor no cesa ni un segundo

Restos de la fábrica minera de principios del siglo XX

Restos de la fábrica minera de principios del siglo XX

Ya en el barco el tiempo era tan agradable que invitó a darse un chapuzón. Una chica japonesa preguntó a la tripulación si había tiburones y la respuesta de ellos fue “That’s the ocean, mate!” (“¡Es el Océano!”). Sin embargo unos cuantos nos decidimos por desafiar a los tiburones… De vuelta a Whakatane pudimos comer el picnic que repartieron y disfrutar de unas vistas increíbles de la isla. Esta vez, a pesar de ser un viaje tan agitado como la ida, nadie tuvo que recurrir a la “bolsita de mareo”.

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