S-21, la antesala de la muerte

Entramos con gran cautela. Como el que entra en un templo religioso o en un velatorio donde el respeto está por encima de todo. El día era soleado, el calor imperaba en Phnom Penh, la capital de Camboya; pero por alguna triste razón la sensación en el interior del edificio S-21 era de frío, vacío, la amargura brollaba en mí. Sentía dolor e incomodidad. Vergüenza y desconsideración por sacar la cámara en alguna ocasión. En ese antiguo y prestigioso instituto llamado “Tuol Svay Prey” la Kampuchea Democrática había torturado a miles de personas antes de matarlas entre los años 1975 y 1979. Esos suelos que pisaba, las habitaciones con vestigios del dolor lanzaban gritos de angustia y se formaba un terrible imaginario en mi mente. Aunque seguramente la realidad fue mucho más cruel que lo que yo me pude llegar a imaginar.

Nada más entrar en el recinto una frase transmitía la dureza de lo que significaba ser un prisionero: “Mantenerte vivo no nos supone ninguna ventaja y aniquilarte ningún problema”. Además tres paneles, en idioma jemer, inglés y francés que a primera vista parecían ser informativos, mostraban el reglamento a seguir mientras se era prisionero en la S-21. El punto 6 por ejemplo advertía “Mientras se reciban latigazos o electrificaciones no debes, en absoluto, llorar”. El panel sentenciaba con el punto 10 “Si desobedeces cualquiera de los anteriores puntos podemos castigarte con 10 latigazos o 5 descargas eléctricas”.
El primer edificio estaba dividido en 3 plantas. En la planta baja se disponían 10 celdas y en las otras dos plantas 5 celdas más en cada una. Todas ellas usadas para encarcelar, interrogar y torturar a prisioneros que habían sido altos oficiales del depuesto gobierno. Las celdas alineadas, sin puerta de entrada en la actualidad pero con barras de hierro en las ventanas se mostraban perpetuas, inmóviles al paso del tiempo. La decadencia, los colores, el polvo y el ideario creado a partir de la lectura de la cruel historia transportaban a una a finales de los años 70.
De algunas de las paredes amarillo mostaza colgaban fotografías del horror. Las estructuras de las camas eléctricas, oxidadas y llenas de polvo en medio de las habitaciones desprendían calvario y suplicio de tantos y tantos inocentes que durante 4 años pasaron por ese lugar. Grilletes, barras de hierro, cadenas, marcadas con el óxido por el paso del tiempo se disponían como piezas de un museo que pretende ser la memoria por todas y todos aquellos que se enfrentaron a la monstruosidad de gentes ciegas de compasión, amor o piedad.
Evidencias que prueban las truculencias del régimen de Pol Pot, el dictador, el principal líder de los Jemeres Rojos y primer ministro de la Kampuchea Democrática. El que instauró el Año Cero a base de eliminar al “enemigo oculto”, a todos los intelectuales y profesionales.  Acabó con los monjes budistas y dejo las ciudades deshabitadas, el éxodo hacia las zonas rurales fue aterrador. Después, acabó con todos ellos. Casi dos millones de camboyanos fueron asesinados, un tercio de la población.

En el otro bloque del recinto las miradas de los que por ahí pasamos se apocaron todavía más. En las primeras salas de baldosas sucias, blancas y amarillo mostaza se levantaban paredes de ladrillo y cemento formando pequeños cubículos donde los prisioneros eran encarcelados y encadenados durante meses. Las víctimas procedían de todos los lugares, en su mayoría camboyanos, miembros del antiguo gobierno, vietnamitas, chinos, “enemigos del estado”, propios camaradas acusados de atentar contra el partido…El cinismo de los responsables del régimen era tan abrumador que podían llegar a matar a miembros de su propia familia por desobediencia.
Siguiendo la ruta recorrimos las antiguas celdas donde ahora se exponían centenares de fotografías, las que les hacían los criminales a sus carcelarios, niños de corta edad, adolescentes, adultos, ancianos, todos ellos enmascarados por la aflicción, el tormento y el sufrimiento. En otros paneles se podían leer las historias de las víctimas, testimonios conmovedores, vidas ajenas y lejanas difíciles de digerir.
La cárcel, también conocida como Tuol Sleng (colina de los árboles venenosos), permaneció en secreto mientras duró el régimen (1976-1979), de ahí su nombre S-21 (Seguridad Especial o Santebal en idioma jemer) y 21 por el número de distrito que esa zona recibió durante el régimen. Los responsables, incluido el director Kaing Guek Eav conocido como Duch , reclutaron, durante los 4 años que estuvo abierta, entre 14.000 y 20.000 personas en ella. Debido al secretismo muchos de los documentos los destruyeron pero gracias a la ocupación vietnamita de la capital en enero de 1979 los encargados de la S-21 tuvieron que huir rápidamente después de ordenar la ejecución de los prisioneros que seguían en el interior. Esa repentina huida permitió que muchos documentos, entre ellos miles de fotos, quedaran intactos, pruebas tangibles de la masacre que una vez en la historia contemporánea de Camboya ocurrió.
En el lugar también sobrevivieron 12 personas, entre ellas 5 niños que se habían guarecido de las búsquedas de los genocidas. La cifra es discrepada por el Centro de Documentación de Camboya, que estima en 23 prisioneros los que huyeron con vida en el momento que las fuerzas vietnamitas ocuparon la ciudad.
En el siguiente y último edificio anexo las habitaciones recogían más biografías y explicaciones de las atrocidades que ahí dentro se cometían. Esos pasillos y celdas angustiaban a cualquiera que en su sano juicio los recorriera. Frases y slogans que usaban los jemeres rojos se disponían a lo largo de la visita. “Estudiar no es importante. Lo que es importante es el trabajo y la revolución”. De hecho las escuelas fueron totalmente prohibidas bajo la dictadura de los jemeres rojos, el régimen convirtió las escuelas públicas y las pagodas en prisiones, establos y almacenes.
Asomarse por los pasillos exteriores transmitía una sensación ambigua. Tras una alambrada con centeneras de pinchos se contemplaba lo que un día fue un patio lleno de vida y de estudiantes jugando en su hora de recreo. En ese patio la barbarie del ambiente se escondía tras el manto verde del césped bien cuidado, los árboles y algunos bancos, sólo algunas tumbas recordaban el espanto de los que perdieron la vida ahí.
El gusto amargo de este lugar se intensificó tras la visita posterior a uno de los campos de concentración cercano a la capital. Choeung Ek fue el lugar donde los prisioneros se enfrontarían cara a cara con la muerte tras haber sido torturados en la S-21. Un intenso aguacero nos acompañó durante la visita a este lugar a tan solo 14km de Phnom Penh. Pareció un truco cinematográfico para agravar nuestro estado de shock en el que nos encontrábamos al saber y conocer de cerca otro más de los grandes genocidios de la historia. Otro recurso de cine más, desee creer que todo aquello había sido una película de terror que no estaba basada  en hechos reales.

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